Asociación Zen de América Latina

  Sangha del Maestro Kosen

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Dojo de Montpellier, el Sábado 14 de Junio de 2003

Aún cuando no debamos mirar al exterior, aúnque no hagamos nada, aúnque no vayamos a ninguna parte, aúnque no estemos combatiendo contra un enemigo, la postura de kin-hin debe ser totalmente disponible y despierta. En eso que podemos llamar nosotros mismos, existe lo que llamamos el ego, es decir un ser limitado por el karma de su nacimiento, su herencia familiar, sus capacidades humanas. Este ego vive muy poco tiempo pues existirá solo después de su nacimiento hasta su muerte lo cual quiere decir, para el común de los mortales, una media de setenta, setenta y dos años. Bien poco.

Pero en este ego, como se dice, en esta existencia limitada, se expresa de hecho con mayor o menor fuerza, aquello que podría llamarse Dios, Buda; evidentemente, según la vida que uno lleva, si uno vive o no en un medio natural, según la edad también, -mientras más jóvenes seamos, más se expresará Dios a través de nosotros- y también, eso depende de la práctica, de las acciones de la vida y de aquello hacia lo cual nos abrimos. Lo que amamos en las personas es la expresión de Dios. Dios, es la energía de Dios, es el amor de Dios, es la belleza de Dios, es la espontaneidad de Dios. Dios, una vez más, por llamarlo de alguna manera; Dios, con relación al ego del cual recién hablaba, es ilimitado en el tiempo, libre, perfecto, es todas las cosas, es inmortal. Por lo tanto, nosotros mismos somos una mezcla de este ego y de Dios. Entonces a Dios no es necesario educarle porque, por el contrario, es el quien nos educa.

Por su parte, el ego debe reflexionar, darse a su lugar y aceptar ciertas cosas. Aceptar de entrada que debe morir. Aceptar que va a desaparecer rapidamente, un día cualquiera, desaparecerá por completo, será borrado, ya no existirá en absoluto. Luego, si nuestro ego desaparece, quiénes somos nosotros?

Una vez que este ego ha desaparecido, que nuestro nombre ha sido olvidados, quién somos? A mi entender, la primera cosa ante la cual debe despertar el ego es: "Estoy completamente solo". Y al mismo tiempo, existimos en interdependencia con todas las existencias, no estamos del todo solos. Siempre, a cada instante, el ego debe estar en su lugar, en armonía, en buena onda con los otros. Esa es la enseñanza del Zen. Así que el comportamiento es: "Qué hago con este ego, del nacimiento a la muerte, como voy a morir, adónde me llevarán cuando haya muerto? Qué harán con mi cuerpo, con mi ego?" Todo eso, del nacimiento a la muerte. Dónde meto mis zapatos, cómo los pongo en orden? Y sin embargo, ese ego no nos pertenece. Es una responsabilidad que hay que asumir en el momento.

Eso recuerda un poco a un automovil. Hay que parquearlo, hay que pagar el estacionamiento, hay que llenarlo de combustible y cuando se rompe, hay que deshacerse de él, hay que llevarlo al cementerio de autos, hay que reciclarlo. Hay que manejar correctamente, no hay que aplastar a los niñitos y a las viejecitas que cruzan la calle. No hay que rebasar el límite de velocidad. Luego entonces el zazen, propiamente dicho, la entrada en el dojo, consiste en conducir al ego de regreso a un espacio reservado al Buda. El ego tiene el derecho de entrar donde Buda, excepcional! Haces así, entras con el pie izquierdo, saludas y el ego va a adoptar la postura misma de Dios, la forma de Dios. Eso es el dojo. El ego y Dios van a confundirse el uno con el otro por un instante, por un momento. Entonces, evidentemente, si el ego empieza a expresarse en el dojo, ello no es posible, nos van a echar de inmediato. Por el contrario, si ustedes quieren llevar consigo a Buda en vuestra vida cotidiana, no es ningún problema.




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