Asociación Zen de América Latina

  Sangha del Maestro Kosen

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Dojo de Montpellier, el Sábado 29 de Marzo de 2003

Todos podemos ver la práctica de zazen por ciclos.
De inicio, tomar conciencia: es decir que uno recoge el cuerpo para ponerlo en la posición perfecta de Buda. Al menos, lo intentamos. Es decir, reorganizamos el cuerpo tratando de darle su posición geométrica óptima. Es verdad, cuando uno está en todos los sentidos, es difícil tomar conciencia real de si.
A continuación, evidentemente, logramos hacerlo más o menos bien porque sin duda no somos perfectos, pero tendemos a ello aún cuando no sea una pirámide perfecta. A continuación, por lo tanto, se hace lo mejor que se puede con el cuerpo. Es la segunda fase.
Tercera fase, el abandono: es decir aceptar la imperfección, la imposibilidad individual de alcanzar el absoluto. Y por lo tanto: abandono del cuerpo y el espíritu. En este abandono la perfección existe. Por este abandono que es también tan físico y real como los esfuerzos que uno hace para mejorar su posición, su postura.

Es también evidente que el abandono de zazen se hace en el mismo impulso, en la misma dirección. Es como cuando uno tira una flecha. Tensa el arco, apunta y a un cierto punto, uno suelta. Luego es evidente que el soltar, el abandono va en la misma dirección que uno se dió al inicio cuando intentaba, primero, tomar conciencia de si mismo, en los límites del propio cuerpo, en todo caso de su energía, de su espíritu pues ambos están vinculados, segúndo, reorganizar este ser en la posición óptima, tercero, soltar.
En los dos primeros estadios, el cuerpo es más bien predominante, a parte de que, cuando uno intenta tomar la postura, hay que calmar también el espíritu, relajar ciertas cosas en el cuerpo que nos recuerdan también al espíritu. En el tercer ciclo, el soltar, el espíritu es predominante. Uno suelta el cuerpo por el espíritu. Encuentra el espíritu por el cuerpo.
Desde hace miles de años, siempre se ha considerado en el Zen que el vacío, el espíritu, era la esencia, existía en el interior mismo de los fenómenos, es decir de los objetos, de las formas, de las cosas sólidas y materiales. Ahora, eso no es misterio para nadie, ya que la ciencia lo certifica. Cuando vemos la estructura de un objeto, vemos que esta constituido en su mayor parte de espíritu, es decir de vacío y energía. E incluso cuando buscamos la sustancia de la materia, al final, no la encontramos. Ella es luz porque las partículas más infimas, si podemos llamarlas así, que encontramos son, al final, luz. Pero, al mismo tiempo, como aprehender el espíritu si no a través de la materia. Ese ha sido siempre la actitud del Zen.


Hablemos entonces del tercer ciclo. Quiere decir, el soltar, soltar presa del cuerpo y el espíritu. Y bueno! Cuando abandonas el cuerpo y el espíritu, tu cuerpo no se desmorona por el suelo. No caes por tierra. Al contrario, vuestra postura se hace bella y luminosa. No hay nada que soltar. Todo ha sido abandonado ya desde el origen. Es lo mismo, la noción de ojos abiertos o cerrados. En el Zen se enseña a tener los ojos semicerrados. Es decir, a pesar de todo, abiertos al exterior. Solo cerrados, no es más que la mitad. El auténtico despertar se practica con los ojos abiertos.




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