Asociación Zen de América Latina

  Sangha del Maestro Kosen

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Dojo de Montpellier, el Sábado 11 de Enero de 2003

Dogen, el maestro del pensamiento, el que transmitió el budismo de China a Japón, sostenía que la finalidad absoluta del nacimiento humano en esta tierra era practicar la postura de zazen. Decía que solamente con un cuerpo humano podemos realizar el zazen.

Entonces mi Maestro, el Maestro Deshimaru, planteaba frecuentemente esta pregunta a sus discípulos: «¿Pero dónde está el espíritu?» Sabemos que el espíritu existe, sabemos que el hombre no es solamente un objeto o un animal, pero, ¿dónde se encuentra el espíritu? Es un pregunta muy antigua en el zen. ¿Dónde está el espíritu? «Tráeme tu espíritu» o «Muéstrame tu espíritu». —«Es imposible».

Por esta razón, el hecho de tener un cuerpo material, tan molesto como puede ser por momentos, es de fundamental importancia en la realización, en la comprensión del espíritu. La forma de la postura de zazen es la forma de Dios, de Buda, del hombre realizado. Es muy importante la forma. Así, la enseñanza de zazen, tanto para los debutantes como para los antiguos, e incluso para los maestros, es la postura. Que el zazen no sea una gimnasia más: durante zazen, justamente, el cuerpo y el espíritu son unidad.

Ya deben haberse dado cuenta en la vida cotidiana de que nuestro espíritu consciente o inconsciente se expresa sin cesar a través del cuerpo. Puede expresarse por gestos suaves cuando tenemos el corazón tierno, o por gestos duros o agresivos (como mostrar el puño cuando se está enfadado), pero nuestro espíritu (pensamiento) se expresa siempre a través del cuerpo. También por el calor del cuerpo, la piel, los poros, a través de los tics nerviosos, a través incluso del sudor o la saliva, a través de las tensiónes que podemos tener a nivel del plexo o de los dolores en la espalda, o en los hombros tensos, a través de las uñas que se comen o de cualquier expresión psicosomática de nuestro espíritu inconsciente derramándose en el cuerpo. Por tanto lo inverso también es válido, podemos tener un acercamiento del espíritu dirigiendo el cuerpo en esta dirección. Entonces, zazen.

Zazen ya existía antes de la invención del budismo, incluso antes del nacimiento de Shakyamuni Buda, porque es una postura prehistórica que siempre ha sido conocida. Ya en los antiguos textos estaba descrita. Se han encontrado vestigios y trazos en regiones del mundo entero, en diferentes civilizaciones. Hace mucho tiempo que el hombre conoce esta postura.

Al principio les enseñamos: las rodillas plantadas en la tierra, la pelvis basculada hacia delante, la espalda derecha, la columna recta sin tensión exagerada, la nuca estirada, el mentón entrado, los hombros cayendo hacia abajo, la mano izquierda posada sobre la derecha, los dedos alineados y superpuestos los unos a los otros, los pulgares unidos en la línea medía de las manos formando una línea horizontal; la forma de las manos es un óvalo, los codos no están demásiado pegados al tronco sino ligeramente separados, los brazos relajados, la boca cerrada, los dientes en contacto (mandíbula sin contracción), la lengua contra el paladar, la punta de la lengua contra los dos dientes de adelante, las orejas en el mismo plano que los hombros, la nariz y el ombligo formando una línea vertical, los ojos quedan entreabiertos, se respira por la nariz, se deja la respiración natural. Tomamos conciencia de las tensiones, de los movimientos abdominales durante la respiración, en particular a nivel del ombligo. Poco a poco nos volvemos íntimos con esta forma de nosotros mismos.

Esta forma es perfecta, la postura es perfecta idealmente. Todo en esta postura es muscularmente complementario, es decir, de equilibrio entre tensión y distensión. Si están en la postura de loto, podrán relajar más las piernas, las rodillas van a hundirse más hacia el suelo, la espalda se va a alargar más, se va a estirar. Cuanto más se abandonen, más fuerza tendrán, más energía, el yin y el yang se complementan perfectamente. Es una postura secreta, la postura de Dios, el aspecto divino, poco a poco, día tras día, año tras año, vida tras vida.

Esta práctica se considera difícil, dolorosa: duelen las piernas, la espalda (depende para quién). En general, no es el zazen lo que duele, sino la realidad la que cuenta, la realidad psíquica, la realidad material de nuestro cuerpo que duele (que siempre ha dolido), cuando nos sentamos en zazen.

Hay que pasar de una cierta manera por esta evidencia, pero la realidad material de nuestro cuerpo no nos da sólo dolor, hay muchas otras cosas, a veces muy agradables, muy cómodas. Es muy importante también aprender a curar esta incesante noción de placer/dolor que sentimos todo a lo largo de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, que frecuentemente nos hace correr de un lado a otro.

Durante zazen la noción de placer/dolor está de hecho presente en todas las células de nuestro cuerpo. Entonces, evidentemente, todo el mundo no ve sino la noción de placer/dolor, pero, en general, cuando obtenemos aquello que nos da placer, eso mismo engendra dolores futuros.

Hasta el chocolate... ¡hum ! Me encanta el chocolate. Si nos gusta el chocolate, tenemos que comerlo. Comemos, comemos, y de pronto estamos empachados, con dolor de barriga, ganas de vomitar, noción de sufrimiento. Es siempre este intercambio de energía yin-yang.

Es difícil levantarse para ir a trabajar... las obligaciones... pero estamos contentos de tener un trabajo, de ganar dinero a fin de mes. Entonces, la dificultad también engendra placer.

Durante zazen, nuestra aproximación a la cosa es mucho más directa, sin distorsión. Aunque el zazen sea difícil, podemos decir que engendra en el futuro una energía, un placer, una felicidad profunda, simple.

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