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La
voz que llega del
campamento central
imita el sonido de
un cuerno. Ayer el
anuncio lo hizo
puerta a puerta uno
que iba por los
diferentes
"barrios".
En minutos todo el
mundo se esfuerza,
incluso Kosen, a quién
todos aquí llaman
Stéphane. Con picos
y palas cavan una
canaleta en el borde
del tinglado sin
paredes, que hace de
dojo y de comedor
cuando llueve. Con
la tierra que sacan
nivelan el piso, que
tenía un lento
declive hacia el
arroyo. "Hacíamos
zazen
torcidos.",
comenta risueño uno
de los chicos.
Porque aunque el
trabajo es duro, el
clima es informal.
Meta pico y pala,
dos o tres corean:
"Trabajando sí,
trabajando
duramente".
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Otra voz se prende:
"Trabajando, sí,
trabajando y no le
pagan", lo que
provoca las risas
generales. Todo ha
tomado un cariz
chacotón. Pero a la
vez nadie afloja.
"Cuando uno se
cree serio, se da
cuenta que en
realidad no lo es
para nada", dirá
más tarde el
maestro Kosen, ahora
ocupado en palear la
tierra. "A
veces yo me digo, no
soy serio, no tengo
nada de monje, y
después me doy
cuento de que en
realidad sí lo soy.
La religión está
hecha para los
humanos. Algunos
dicen: mirá, ése
era un santo, nunca
comió carne y nunca
miró una mujer. Muy
bien, mejor para él.
¿Pero qué cambia
eso en una humanidad
totalmente
podrida?".
Kosen sostiene que
el Buda puede
mezclarse hasta con
la gente más
podrida. Pone como
ejemplo el agua del
arroyo que es pura,
pero se mezcla con
las piedras, las
algas, la bosta de
vaca. "Hay que
mezclarse",
dice. "La
pureza absoluta no
existe". |