Asociación Zen de América Latina

  Sangha del Maestro Kosen

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Dojo de Montpellier, el Martes 27 de Julio de 2004

Eso tiene muy poco que ver con el Zen, si bien todo tiene que ver con el Zen.
Justamente, estamos obligados a escuchar esos ritmos (nota: el vecino nos torturaba las orejas). Un buen ritmo debe siempre estar en tempo. Evidentemente, con las máquinas es mucho más fácil porque uno puede sistemáticamente ubicar el ritmo en el tempo. De hecho, es erróneo pensar que los negros que tocan la percusión pueden tocar un poco antes del tempo, un poco después del tempo. Es completamente falso. Los ritmos verdaderamente buenos son aquellos que encajan perfectamente en el tempo, en un semitempo, en un cuarto de tempo, es decir que es un asunto de décimas de segundos. A pesar de todo, si bien en cierto modo los ritmos deben ser “cuadrados”, hay ritmos que se balancean, que nos arrastran en un movimiento naturalmente liberador; y hay ritmos de un estilo apoplético. Me imagino a alguien intentando bailar un ritmo apoplético sobre una silla de ruedas... No podría.
Por el contrario, a alguien muy tensionado, muy estresado, le resultará más fácil bailar siguiendo un ritmo apoplético. Si es música tecno, la danza nos recuerda ciertas marchas militares, la música alemana.
Tenemos entonces el silencio de zazen. Es parecido. Evidentemente estamos influenciados por la música, por lo que escuchamos, y no nos damos cuenta de eso. No es necesariamente un ritmo liberador. Lo que no saben los europeos –algo que es muy importante y que en la música es terrible– es meter lo ternario en lo binario. El tecno europeo es binario: ¡bam!, ¡bam!, como los motores. Uno tiene la impresión de estar escuchando una máquina de lavar. Mientras que los ritmos africanos o sudamericanos colocan lo ternario en lo binario. Mezclan los dos para dar una sensación de equilibrio y que sea liberador.
Por otro lado, todo es Zen. El Zen es mirar meticulosamente al interior. Lo que se encuentra en el exterior tiene igualmente repercusiones sobre el interior. Hay que observar. Observar meticulosamente el alma de las cosas. Eso es el Zen. En la vida cotidiana uno puede hacer las cosas como si estuviera sentado frente a la pared. Es necesario no decirnos que debe ser de este modo o de este otro. Uno puede estar en zazen en cualquier situación. No hay que esperar nada. Aceptar todo como es. Incluso si es preferible el silencio, uno puede hacer zazen en medio del mayor de los caos.

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